El Colorado bajo

Un siglo después de la ocupación chilena de la ciudad puerto de Iquique, un grupo de hermanos caminaba por la orilla de la playa el Colorado guiados por su abuela, Dolores Gorogoitia Caradossi. «Por ella le pusieron poto verde al barrio el Colorado», cuenta Elizabeth Collao, su nieta.  «No sé mucho de ella, sé que somos todos del Colorado, sé de los potos verdes no más».

A sus cincuenta y siete años, Elizabeth Collao vive junto a su familia en calle Los Robles del Colorado bajo. Recurrió a su madre, Mercedes Rojas, para precisar sobre la historia del barrio.

Mercedes vive hace más de setenta años en el Colorado. Hija de Dolores Gorogoitia nació el 16 de diciembre de 1940.  Sus recuerdos de infancia hacen memoria con la herencia del Perú. Sobre guaneras, sal, andariveles, lanchones y muelles, Mercedes asegura sonriendo que junto a sus hermanas fueron criadas «casi en la playa».

«De allá venía ella, de las guaneras, de la sal», cuenta Mercedes al recordar a Dolores Gorigoitía.  «Era bonito ese tiempo, trabajaban en andariveles ahí en Huanillo, eran cosas cuadradas que corrían con bases de sal que llevaban al muelle, a unos lanchones que embarcaban y se los llevaban a los barcos grandes que los estaban esperando. Era bonito para nosotros, porque eran diez o doce familias las que vivían ahí, claro, eran poquitos. Había oficina, médico,  matadero, había panadería, pero todo así no más. Así nos criamos nosotros, a patita pelá, como estábamos muy cerca de la playa, así nos criamos».

Con nombre y apellido

El barrio El Colorado está ubicado en el extremo norte de la ciudad de Iquique. En el año 2004 el recordado periodista Héctor Vivero, describió el lugar como propio de «ese Iquique antiguo, con los vestigios del pasado de las puertas y ventanas abiertas, la solidaridad vecinal, el viejo almacén con la libreta de ventas al fiado, la conversación diaria después del desayuno o durante el aseo de las veredas y la añoranza de las tardes de sol y playa en el hermoso balneario del Colorado, hoy ocupado por las empresas pesqueras».

Desde inicios del siglo veinte el histórico barrio El Colorado ha compartido el territorio con la persistente y avasalladora modernidad. En el año 1982 se produce la primera erradicación de viviendas y desde 1990 comienza la mutilación del barrio, obligado a ceder ante una obra vial que promete mejor conectividad con el puerto, la Zona Franca de Iquique y la industria pesquera, instaladas a orillas de un extenso balneario que evoca aguas cristalinas y arenas claras. «Antes íbamos a la playa a buscar los huevitos de pescado o los monos que salían picaditos, los traíamos y los hacíamos acá, la albacora, el mono o el jurel lo hacíamos ceviche», cuenta Elizabeth.

La nieta de Dolores reflexiona en torno al presente del Colorado y asegura que con las expropiaciones y la construcción de la obra vial, «Iquique pierde a un barrio antiguo, a un barrio histórico. Quién va a recordar cuando estemos todos muertos y el barrio se pierda. Solamente podrán decir, ahí vivieron los potos verdes. Acá no se reconoce a quienes han vivido en el barrio, como deportistas, buenos futbolistas, boxeadores y buenos pescadores. Teníamos un jardín infantil, nos quitaron nuestra cancha del Iquitados, hacíamos paseos con la escuela, íbamos a bañarnos al ojo de mar. También nos juntábamos en la calle, nos sentábamos en la solera a conversar, a pinchar, a jugar al correr el anillo o a las naciones, a los países, al hoyito con la pelota, al kukurumeme».

René Pulgar, coloraíno y también amigo de Elizabeth, describe al barrio «con dos brazos bien marcados. El alto y el bajo, claro que del alto Colorado ya no queda mucho y del bajo, ya está pronto a desaparecer. En un tiempo di gracias al desarrollo y al progreso porque vi que toda mi gente estaría bien, como dicen los políticos, con una mejor calidad de vida. Cuando me cambiaron de andar a pata pelá y pusieron suela a mis zapatos, pavimentaron mis calles e instalaron alcantarillado, seguí esperando las mejoras. Sin embargo, el barrio ya no tiene más remedio que dejar de existir, y con él se van todos los recuerdos de cientos y cientos de personas, gente humilde y trabajadora, que por años estuvieron recorriendo cada rincón del Colorado. Hoy por hoy, donde había casas, sirve de aparcamiento de rampas y camiones, ya no se ven esos niños que a pata pelá corrían tras de una pelota. En fin, ya no queda nada, el barrio va muriendo».

Finalizando la década de 1940, Dolores dejó atrás la vida en Huanillo y se instaló en El Colorado. «El segundo marido que tuvo la trajo para acá y después el tercero que tuvo ya era de acá, el abuelo chachá es el cuarto. Nosotros Gorigoitia somos cuatro, los Basáez dos y los Álvarez dos. Fuimos muy pocas chiquillas que nos casamos con gente de afuera, yo me casé con una persona de afuera pero la mayoría se casó con personas de acá o de allá arriba, pero casi del mismo sector», explica Mercedes.

Poto verde

El rol de la mujer en El Colorado dirige la mirada hacia «hombres más dóciles», asegura Elizabeth. «En El Colorado mandábamos las mujeres, de ahí viene la tradición. Doña Leontina Sagredo, ella nos llevaba a jugar al fútbol, ella sacó al deporte acá. Tenemos a una pescadora artesanal, Juana Cáceres Allende, ella fue la primera pescadora que tuvo carnet. Yo tenga plata, sea pituca o no, soy poto verde, es algo de nosotros, con lo que uno nace».

Según indica Mercedes, su llegada al Colorado desde Huanillo fue posible gracias a su padrino, quien ofreció un lugar de acogida. «Acá todos andábamos a pata pelá y en la playa nos bañábamos donde había un muelle. Tenía a todos mis hijos a mi alrededor, todos vivían acá, eran todos muy unidos, la mamá de ella, la abuelita, el caballero, el que trabajaba en el ferrocarril, todos nos conocimos acá», recuerda Mercedes.

Imagen de Yo soy poto verde.

Elizabeth Collao fija el inicio de la historia de los potos verdes a sus once años. «Estoy hablando de 1973, partió de un basural. Mi abuelita iba a cachurear al basural, casi la mayoría del Colorado iba al basural, cuando había toros y animales, y mi abuela nos llevaba desde chicos a la playa El Colorado, a Punta Negra. Nos íbamos por la orilla de la playa, a veces en los camiones que botaban la basura. En ese tiempo estaban los cuca, que eran unos carros redondos, eran los recolectores de basura. A veces cuando no alcanzábamos el camión unos íbamos caminando por la orilla de la playa y como la basura caía al agua, nosotros íbamos a juntar lápices para la escuela, gomas y encontrábamos frutas o membrillos y los lavábamos en la misma agua y nos íbamos comiendo hasta llegar a tomar choca allá. Porque antes de que mi abuelita se fuera a vivir allá, nosotros llegábamos y allá había unas casitas y los amigos nos daban tecito».

«Mi abuelita tuvo ocho hijos, mis tíos tienen 84, después 80, 88 tiene mi mamá y así van. Algunos se casaron con los mismos de acá del Colorado, de otros apellidos, al final todo es familia y nosotros seguimos lo mismo, somos todos familia. Todos éramos poto verde, todos comieron gallinas porque mi abuela traía las gallinas y les cortaba el poto porque estaban verdes y ella las traía para la casa, las enjuagaba allá mismo, pero acá ella las pelaba, las metía en una olla grande, les sacaba las plumas y ahí les veía el poto verde, se los sacaba y hacía cazuela de gallina y mi abuela decía, esta es poto verde. Después mi abuelita murió y nosotros, nuestra familia seguimos, por ella quedó la historia, mi abuela trajo la primera gallina y de ahí quedaron todos los potos verdes y seguimos hasta el año 1985, cuando mi hermano fue el último en vivir allá».

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